Los inciertos futuros socio-ambientales de la “nueva normalidad”

15 junio, 2020
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Artículo originalmente publicado en la revista Tintalibre, en 1 de junio de 2020, páginas 8-9

Tras más de dos meses de confinamiento en el Estado español y en la mayor parte de estados europeos, así como la experiencia previa de China, podemos caer en la tentación de extraer algunas conclusiones precipitadas y extremadamente optimistas del binomio pandemia-cambio ambiental global. Ciertamente el confinamiento parcial o total de una parte importante de la población mundial, y la consiguiente interrupción de los flujos de personas a distintas escalas geográficas, incluyendo el turismo, así como la ralentización de la producción mundial ha conllevado una mejoría notable en muchos indicadores ambientales.  Es verdad que los cielos de nuestras ciudades están más azules, con niveles más bajos de dióxido de nitrógeno y partículas en suspensión, que la naturaleza ha florecido y ha ganado terreno mientras estábamos recluidas en casa, o que el consumo de combustibles fósiles ha caído en picado. Sin embargo, muchas de estas mejoras pueden quedarse en una mera anécdota. Lo importante es ver cuales de estos aspectos positivos se prolongan en la “nueva normalidad”.

Mientras que la pandemia ha agudizado y magnificado crisis preexistentes como la laboral, la social o la de los cuidados, el impacto del COVID-19 sobre la crisis ambiental es más complejo. Por eso, es necesaria una reflexión que vaya más allá de celebrar la mejoría de ciertos indicadores ambientales, y que lo haga pensando en los escenarios socio-económicos que la “nueva normalidad” nos abre. A nadie se le escapa, y esto viene ratificado por las recientes proyecciones realizadas por distintos bancos centrales, gobiernos e instituciones internacionales que estamos iniciando una crisis económica sin precedentes en la historia más reciente. Esto es un hecho que va a tener un profundo impacto en la gobernanza ambiental global, y más concretamente en la gobernanza climática. ¿Qué tipo de impacto? Lo definirán cuestiones como si las medidas fiscales para luchar contra la crisis económica derivada del COVID-19 van a acelerar o frenar los progresos en materia climática. O si el futuro post-pandemia puede propiciar la celeridad o bien el entorpecimiento de la transición hacia modelos energéticos no dependientes de los combustibles fósiles. La transición ecológica estará sobre la mesa. Sin embargo, ¿tendrá lugar a través de los paradigmas ambientales actuales como la modernización ecológica o la economía circular que muestran total compatibilidad y sincronía con las bases del desarrollo económico pre-pandemia, o bien nuevos paradigmas como el decrecimiento ganarían popularidad? ¿Qué papel jugará el estado? ¿Y los mercados? ¿Qué papel jugará la austeridad? ¿Qué rol adoptarán o se permitirá que adopte la ciudadanía? ¿Y cómo ser reconfigurarán las cadenas globales de producción, incluyendo el sector turístico?

Se puede especular en tres tipos de escenarios de carácter antagónico.

El primero podría definirse como de clara regresión en materia ambiental dada la urgencia sanitaria y la consiguiente inversión de recursos que plantea, así como el incremento del gasto para paliar los efectos del frenazo brusco de la economía y fomentar su recuperación, y la implementación de medidas de austeridad en algunos sectores. En este escenario se sacrificarían las políticas de transición ecológica locales, regionales y estatales y los (pocos y tímidos) avances hechos en materia climática a nivel internacional, con el fin de reactivar el crecimiento económico. Este podría ser un escenario (que ya intuimos en algunos países) promovido por opciones populistas de carácter regresivo, así como por algunas élites económicas vinculadas a modos de producción y organización social dependientes de los combustibles fósiles. Esta opción de futuro también podría tentar a muchas organizaciones e individuos de carácter más progresista, pero sumamente preocupados por los estragos que la crisis económica pueda tener en las clases trabajadoras más precarias, especialmente si se imponen nuevas medidas de austeridad para controlar el déficit y la escalada de deuda pública.

El segundo escenario se cimentaría en el Green New Deal y en la “economía verde” a través de una reconstrucción selectiva y baja en carbono de los estragos causados por la crisis económica, siguiendo sobre todo una lógica de modernización ecológica, economía circular y ambientalismo de mercado. Es el escenario propio de países desarrollados que no quieren renunciar a un modelo de crecimiento, pero tampoco empeorar en gran medida la actual degradación ambiental y crisis climática.

Un tercer escenario más disruptivo y muchos menos plausible incluiría una reconfiguración social, económica y ambiental que asumiera postulados de la economía ecológica, la justicia ambiental y el decrecimiento y reconociera los límites planetarios de manera coherente. Decimos que es poco plausible porque en los países en general, tanto del Norte y del Sur, se ha afianzado la premisa de que el crecimiento es un objetivo deseable que maximiza el bienestar social. Estos grandes escenarios de gobernanza ambiental y de reconfiguración del modelo de producción global post-confinamiento y post-pandemia que hemos esbozado están rodeados de una gran incertidumbre y por un complejo contexto geopolítico, y por ello son una mirada simplificada del futuro que puede tener múltiples matices y contradicciones e incluir elementos de cambio en el tiempo y el espacio.

En otro nivel podemos también especular sobre dimensiones más concretas del efecto de la pandemia en nuestras prácticas cotidianas relacionadas con el cambio climático, como habitantes de ciudades del Norte global. Una de las dudas más acuciantes es cómo va a afectar la pandemia a la concepción de la movilidad urbana y el diseño del espacio público, en particular si la disminución del vehículo privado en nuestras ciudades fruto del confinamiento va a permanecer y tendrá un impacto permanente en la calidad ambiental. Podemos especular en fuerzas que van en sentido opuesto. Por un lado, estamos viendo que muchas ciudades están planteándose hacer intervenciones para facilitar la movilidad a pie y en bicicleta al mismo tiempo que se respeta el distanciamiento social. También vemos cierto optimismo en cómo el teletrabajo puntual o permanente de una parte nada desdeñable de las y los trabajadores (de cuello “blanco”) puede disminuir la necesidad de movilidad diaria hogar-trabajo. Por otro lado, recibimos señales que nos hacen vislumbrar un posible incremento de la movilidad privada. Y es que, en el corto plazo, a nadie se le escapa que en tiempos de pandemia el transporte público puede ser visto como algo a evitar si se dispone de una alternativa. En el medio plazo, veremos si esta recuperación desigual de la movilidad se consolida, o bien si la crisis económica post-pandemia ralentiza el uso del vehículo privado. Además, tanto el teletrabajo como la percepción de que residir en zonas densamente pobladas conlleva mayor riesgo de contagio puede contribuir a una mayor suburbanización de nuestras ciudades y, de manera inesperada, aumentar ciertos patrones de movilidad privada. Será importante ver cómo se redefinen las relaciones laborales, después de este experimento masivo de teletrabajo, cómo se repiensa el espacio urbano promoviendo intervenciones permanentes y temporales (véase de urbanismo táctico) que reformulen la movilidad urbana y metropolitana, y cómo se va a comportar el mercado de la vivienda tanto de alquiler como de compra en estas reconfiguraciones.

Los efectos esperados e inesperados, a corto, medio y largo plazo de la pandemia en el medio ambiente son múltiples, complejos, a veces contradictorios, y en muchas ocasiones dependientes del contexto. Si bien el efecto del confinamiento global ha mejorado, en ocasiones tímidamente, en otras de manera más relevante, ciertas dimensiones ambientales, como la contaminación en las ciudades, los residuos generados o la renaturalización de ambientes fuertemente antropizados, la mayor parte de estos efectos seguramente serán pasajeros una vez pasemos a la “nueva normalidad”. Esa “nueva normalidad” enmarcada en un contexto de crisis económica vendrá caracterizada por una reconfiguración de la globalización como la habíamos vivido hasta ahora. Esto abre oportunidades, aunque también amenazas, hacia modelos de transición ambiental que afronten de manera más seria, y a la vez más emancipadora y justa, la crisis climática y ambiental a la que nos enfrentamos. Oportunidades que pasan por propuestas interseccionales de lucha con y para la mayoría.

Autores: Hug March1,3, Ramon Ribera-Fumaz1, Isabel Ruiz-Mallén1, Mar Satorras1

1Laboratorio de Transformación Urbana y Cambio Global, Internet Interdisciplinary Institute (IN3), Universitat Oberta de Catalunya.

2Estudios de Derecho y Ciencia Política, Universitat Oberta de Catalunya

3Estudios de Economía y Empresa, Universitat Oberta de Catalunya

Autor / Autora
TURBA es un colectivo de investigación interdisciplinario que explora las relaciones entre la sociedad, la naturaleza y la tecnología. La investigación en TURBA se encuentra en la intersección de las ciencias sociales, las ciencias ambientales, las humanidades, la arquitectura y la planificación. Estamos ubicados en el Instituto Interdisciplinario de Internet de la Universitat Oberta de Catalunya.
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