Lecturas de verano, política económica y COVID-19

29 septiembre, 2020 valor, política económica, covid19

He aprovechado este mes de agosto para leer el último libro de Mariana Mazzucato, El valor de las cosas; quién produce y quién gana en la economía global, publicado por Taurus en 2019. La autora, catedrática en Economía de la Innovación y Valor Público en el University College de Londres (UCL), donde fundó y dirige el Institute for Innovation and Public Purpose, escribió el libro antes de la pandemia de la COVID-19 y, por lo tanto, no hace referencia a la misma pero de su lectura se pueden extraer algunas consideraciones estrechamente relacionables.

El libro plantea dos cuestiones claves para entender nuestro tiempo y afrontar los retos de futuro, algunos de los cuales son de indudable trascendencia:

En primer lugar, la necesidad de reconsiderar la concepción del “valor” de los bienes y servicios que ha sido hegemónica en los últimos 150 años. El modelo neoclásico identifica el valor por el precio y no al revés, como tradicionalmente lo habían entendido los autores clásicos. Es decir, se pasó de una teoría por la cual el valor fija el precio de los productos a una teoría en la que los precios justifican el valor de los productos. Ello supuso asumir tanto que quienes obtienen grandes ganancias debe ser por qué crean una gran cantidad de valor, lo cual normaliza las desigualdades, como que aquellos bienes y servicios producidos pero que no están valorados a través de un precio, no tienen valor. Así, la producción de una factoría que emite carbono a la atmósfera forma parte del valor producido (y la contaminación que causa no se tiene en cuenta), mientras que los cuidados a los hijos por parte de sus padres, al no llevar precio, no es valorado.

Y, en segundo lugar, Mazzucato plantea la necesidad de recuperar una visión positiva del Estado como generador de valor. Defiende la necesidad de desactivar la visión de la escuela neoclásica que considera al Estado extractor de riqueza (vía impuestos) así como que sólo interfiere en la actividad del sector privado. La autora nos recuerda que muchas de las actividades realizadas por el sector público son fundamentales para el desarrollo del sector privado y que las grandes revoluciones tecnológicas –en la medicina, los ordenadores o la energía– han sido posibles gracias a que el Estado actúo como inversor de primera instancia.

La importancia de la alianza público-privada

Estas dos cuestiones están plenamente presentes en los debates acerca de las crisis que ha provocado la pandemia de la COVID-19: la crisis sanitaria y la crisis económica, la segunda derivada de las medidas tomadas para controlar la expansión del virus. Crisis que se añaden a los efectos provocados por la gran recesión iniciada en 2008 y por las políticas de austeridad aplicadas durante la última década, consistentes en recortar en lo esencial (sanidad, educación, investigación,…) y cuyo resultado ha sido, precisamente, un debilitamiento de los mecanismos necesarios para hacer frente con mayor eficacia tanto a la crisis sanitaria como a la económica. Y todo ello, en el contexto de una crisis climática que pone en peligro la propia supervivencia de la especie humana.

La necesidad de afrontar esta triple crisis, y de hacerlo simultáneamente, exige pensar tanto en soluciones inmediatas como en acciones orientadas al largo plazo. De entre las primeras destaca, sin lugar a duda, la búsqueda de una vacuna para el virus SARS-CoV-2. Desarrollando la argumentación que Mazzucato hace en su libro, al igual que la financiación pública de la investigación y el desarrollo ha traído innovaciones como internet o la tecnología GPS, muchos medicamentos de gran éxito han recibido fondos públicos para financiar los primeros y más arriesgados eslabones de la cadena de investigación. Pero el sistema de patentes aplicado al sector farmacéutico ha comportado que numerosas innovaciones desarrolladas desde el sector público hayan sido finalmente utilizadas por parte del sector privado para producir unos medicamentos comercializados a elevados precios y, con ello, obtener importantes beneficios. La industria farmacéutica argumenta para justificar los elevados precios de los medicamentos –algunos astronómicos- el valor creado. Es decir, el argumento se basa en la concepción del valor según la cual el precio expresa el valor.

Dependiendo de cuál sea la organización del sistema sanitario de cada país, el escenario anterior puede conllevar o bien la exclusión de una parte significativa de la población de determinados tratamientos o bien un elevado gasto público para sufragar los tratamientos médicos, cuando estos ya han sido posibles gracias a la financiación de la ciencia básica por parte del propio Estado.

La carrera por una vacuna contra el coronavirus exige una reformulación del modelo de alianza público‑privada dado que, muy a menudo, los esquemas utilizados de relación entre los dos sectores han sido más parasitarios que simbióticos para el sector público. Se debe evitar que la búsqueda de la vacuna derive nuevamente en la posibilidad, por parte de las corporaciones, de obtener grandes ganancias a través de la venta de un producto, resultado de investigaciones financiadas por los contribuyentes, a un precio que no esté al alcance de todos. Hay que garantizar que la vacuna, cuando llegue, esté disponible universalmente y sea gratuita.

El Estado como generador de valor

Por su parte, para el largo plazo, es esencial superar la visión que la actuación de los gobiernos deba limitarse a facilitar la creación de riqueza, redistribuir la que se crea y arreglar “fallos del mercado”. La crisis sanitaria y económica derivada del coronavirus es un toque de atención a la humanidad acerca de lo que puede resultar de la crisis climática. De cómo afrontemos las dos primeras puede depender en gran medida el cómo lo hacemos con la tercera.

Los gobiernos, incluso bajo el paradigma neoliberal, han estado creando a lo largo de los años, estructuras “básicas” como infraestructuras de transporte, servicios sanitarios, educación, etc. y de los cuales se benefician los ciudadanos y las empresas. Hay que potenciar ese role para ir desmintiendo los relatos acerca de cómo y quienes crean valor y riqueza.

Los gobiernos deben potenciar su role de inversor estratégico a través de la financiación pública de proyectos para la transición energética que potencien las energías renovables, como la solar y la eólica, lo cual además de reanimar nuestras economías, las guiaría hacia sendas de crecimiento que cumplan con los objetivos de sostenibilidad medioambiental e inclusión social.

Es fundamental cambiar el paradigma según el cual sólo las empresas crean valor. Reconocer que también lo hacen los trabajadores, las instituciones públicas y otros organismos de la sociedad civil contribuiría a que los esfuerzos de todo el mundo fuesen remunerados adecuadamente y que los beneficios del crecimiento económico se distribuyeran más equitativamente, no repitiendo la historia de tantas otras crisis, como la  financiera de 2008, de socialización de riesgos y privatización de beneficios.

Autor / Autora

Profesor de los Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya UOC y Director del Máster Universitario en Análisis Económico.

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