Las residencias secundarias. Otra vez en el ojo de mira

14 abril, 2020
calella costa brava

A pesar de la obligatoriedad de confinamiento de la población que se ha establecido para hacer frente a la crisis sanitaria de la Covidien-19, los recordatorios frecuentes que han hecho los medios de comunicación y la amenaza de sanciones impuestas a los infractores, en Semana Santa muchos ciudadanos se han desplazado, o han intentado hacerlo, a localidades donde disponen de una segunda residencia. Con el incremento de la movilidad de procedencia urbana (donde son más numerosos los casos de portadores de la enfermedad) se corre el peligro de propagar aún más la enfermedad y poner en peligro a población de riesgo, especialmente en pueblos rurales o de montaña donde la población suele estar más envejecida.

Es evidente que esta actitud deriva de una actitud incívica, egoísta y poco responsable, que de otra manera para muchos resultaría incomprensible. Sin embargo, para entender mejor por qué la gente sigue acudiendo a sus residencias secundarias de forma irracional es necesario comprender que ha supuesto en el ámbito cultural, sociológico e incluso psicológico, el fenómeno residencial en Cataluña y porque para muchos es malentendido como una necesidad y un derecho.

El fenómeno de la residencia secundaria

La dimensión de la residencia secundaria en Cataluña, y por todo el Mediterráneo español, es tal que podemos hablar de un fenómeno estructural y arraigado a la identidad urbana como pueda ser las rotondas de carretera o el pan con tomate. Hace muchas décadas que la construcción de viviendas forma parte del motor económico del país (al menos hasta la última crisis financiera), fruto de la combinación de un modelo económico extractivo que fomentaba el acceso fácil a la financiación y el crédito a los particulares y de una elevada accesibilidad en vehículo privado desde los centros metropolitanos a prácticamente cualquier punto del territorio, convirtiéndolo así en potencial mercado..

Así, según el último censo de vivienda español (2011), Cataluña tenía un total de 918.437 viviendas secundarias o desocupadas (formato que en la práctica también suele corresponder a residencias secundarias). En resumen, esto significa que casi una cuarta parte de las viviendas (23,7%) totales en Cataluña no son principales. Se exprese como se exprese las magnitudes del fenómeno son espectaculares.

En promedio en Cataluña había, en 2011, 121,8 viviendas de residencia secundaria por cada 1000 habitantes, lo que, en un empleo hipotética del 100% (y suponiendo 2,5 plazas para residencia secundaria), implicaría casi invertir la población urbana-rural, ya que prácticamente la mitad de la población sería temporalmente rural o rururbana. De hecho, cuando los expertos analizan la movilidad residencial en períodos de vacaciones hablan abiertamente de un fenómeno de contraurbanización causada por flujos temporales. Finalmente, hay muchos municipios donde el volumen de viviendas secundarias supera los principales. Son los casos más extremos municipios como Llançà, Castelló d’Empúries, Creixell, Salou, Cunit, etc.) donde el porcentaje de segundas residencias supera el 50 o 60% del parque de viviendas total local.

El valor social y económico de la segunda residencia

Para explicar la percepción de la segunda residencia, a todos estos elementos, hay que añadir otros factores que se vinculan con el valor social (de uso) y económico (de cambio y de intercambio) que se da a la segunda residencia.

El estatus y el prestigio social vinculado a la posesión de una segunda residencia, un factor tradicionalmente importante, ha ido dejando paso a otros que cada vez tienen más peso. A pesar de que suele no tener las prestaciones y servicios de una vivienda principal, para muchas personas y en determinados momentos de su ciclo de vida, la residencia secundaria actúa como un refugio social. Los cambios en el formato de los hogares y su fragmentación, unido a la dificultad creciente para acceder a una vivienda, ha hecho de las residencias secundarias un primer estadio hacia una vivienda principal aunque sea de forma temporal (por ejemplo en casos de divorcios o separaciones).

taull segona residencia

También hay que considerar factores culturales derivados de la forma en que las ciudades se han desarrollado. Los humanos necesitamos espacios con lugares donde sentirnos identificados, pero no siempre la sociedad postindustrial les ofrece. El antropólogo Marc Augé habla de la ciudad actual como una acumulación de espacios urbanos sin lugares y, en consecuencia, sin identidad. En el marco de la teoría de la compensación, esto se puede asociar a la necesidad de los urbanitas de consumir paisaje a partir de la segunda residencia, dado que la construcción del paisaje rural ha sido fruto de un proceso histórico lento y de fondo, el que aporta historia, simbolismo o identidad en los lugares que pueden faltar en las ciudades actuales.

Finalmente añadir que los bienes inmuebles en general y, en particular la segunda residencia, han tenido un valor de cambio (por ejemplo para invertir o como patrimonio disponible para obtener rentas en momento de necesidad) y de intercambio (como, por ejemplo, el uso para alquiler o, más recientemente, como instrumento para la microemprenedoria en el marco de las plataformas de P2P).

El caso de Catalunya

Todos estos elementos ayudan a entender mejor, que no justificar, el porqué de la necesidad de la segunda residencia. Así, si bien hay segundas residencias en la mayoría de países europeos, en pocos lugares toma la dimensión cultural y social y la magnitud que tiene en Cataluña. De hecho, en la mayoría de lugares, donde la segunda residencia va asociada a un fenómeno turístico vacacional, no se acaba de entender bien porque a tan poca distancia de la vivienda principal se ubican tantas segundas residencias. En cambio, aquí la proximidad existente, en tiempo y espacio, entre lugares de residencia habitual y temporal puede terminar generando la sensación que se vive en un único espacio de vida metropolitano o, dicho de otro modo, que existe una sensación psicológica que los lugares de residencia no habituales forman parte de la cotidianidad de los individuos y que quizá también se asocian a su identidad.

Si esto se combina con aspectos como el progresivo acercamiento en los estilos de vida que prácticamente ha extinguido la diferenciación social entre campo y ciudad, la asimilación del entorno natural y rural en la calidad de vida o el papel de refugio social que han jugado las segundas residencias en los ciclos vitales de las familias, se puede haber creado la percepción de que son un bien necesario.

El debate experto sobre los impactos de las segundas residencias incluye aspectos urbanos, urbanísticos, ambientales y económicos. Ahora se le añade una nueva dimensión, de salud. Sin embargo, las noticias puntuales que han surgido a raíz de la Covid-19 esconden un debate mucho más de fondo que es lo que debemos hacer y cómo debemos gestionar el parque residencial actual y, de rebote, el formato en que a menudo se expresan: las urbanizaciones residenciales. Sería bueno que la situación de emergencia sanitaria intensificara este debate de una realidad latente que abarca todo el territorio y que pide soluciones más allá de la planificación urbana y la ordenación del territorio, que también.

Autor / Autora
Director del Grado en Turismo de los Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya.
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