La conjura. Algunos primeros y precipitados apuntes.

19 marzo, 2020 mapa del mundo riqueza crisis

En el día en que se cumplen cinco jornadas de confinamiento (cuatro oficiales) de la población española, la plataforma HBO estrena la serie «La conjura contra América», una ucronía (un pasado alternativo) que asusta por las similitudes con los tiempos presentes o, mejor dicho, con los de justo antes de ayer. Porque la serie, basada en la novela homónima de Philip Roth, plantea lo que hubiera ocurrido en unos Estados Unidos azotados por la Gran Depresión si el piloto aéreo y héroe nacional Charles Lindbergh hubiera encabezado un movimiento populista de corte xenófobo (que culpabiliza a los judíos de los males de ese tiempo) que hubiera gobernado este país, derrotando al socialdemócrata Franklin D. Roosevelt. ¿Suena realmente tan distante a lo que está sucediendo o ha sucedido, ya no solo en Estados Unidos, en los últimos años?

Justo ayer me llegaba también por WhatsApp (el medio que está casi monopolizando nuestra virtual relación comunitaria) una charla de Bill Gates en las que advertía de la falta de preparación ante una pandemia como la que estamos padeciendo estos días. En la charla, prescribía para evitar un impacto masivo de este evento, la necesidad de dotarse de un potente sistema sanitario mundial y potenciar al máximo la investigación médica, equiparando además a la sanidad a la defensa en cuanto a alerta continua y reserva. Muy admonitorio a la par que capaz de despertar los delirios conspiranoides más febriles (o sensatos, dados los tiempos). Sin embargo, lo que no mencionaba Bill Gates es cómo financiar esa propuesta, aunque uno se puede imaginar que su respuesta podría ir encaminada a alguna fórmula relacionada con el mecenazgo por parte de las grandes fortunas, las microdonaciones a través de Internet o medidas similares. Es aquí donde existe un vacío en estos discursos grandilocuentes, una especie de elefante en la habitación. Parece que estos discursos se están olvidando de lo esencial. Como diría Josep Pla, cuando alguien le enseñó por primera vez la iluminación nocturna de la ciudad de París desde un mirador privilegiado: Això és molt maco, però qui ho paga? (¿Esto es impresionante, pero quien lo paga?).

Y esto, ¿quién lo paga?

En la obviedad paliativa, los diarios anuncian el retorno al keynesianismo de los países más castigados por la pandemia, con cifras de gasto de vértigo y anuncios de que el endeudamiento público subirá vertiginosamente en el corto y medio plazo para intentar frenar en la medida de los posible la recesión venidera y sus consecuencias. Esto me mueve a dejar por un día El Quadern Gris de Pla para volver a la nueva obra de Thomas Piketty, Capital e ideología, donde (casualidad) justo me sitúo en su observación de la primera mitad del siglo XX, donde se analizan las consecuencias y las respuestas político-económicas (y según el autor, obviamente muy ideológicas) a las dos grandes Guerras Mundiales y a la pandemia de gripe (entre otros fenómenos) que diezmaron las poblaciones de todo el mundo y hundieron sus economías.

Fuente: Planeta de Libros

Y allí se analiza en profundidad como la mayor parte de los países que padecieron conflictos y pandemias tuvieron que hacer, como se hará ahora, frente a un incremento espectacular del gasto público, en primer lugar, para financiar el esfuerzo bélico y posteriormente la reconstrucción de sus países. Obviamente esto provocó que los Estados tuvieran que endeudarse en cifras que ya empiezan a leerse también en los diarios para un futuro no muy lejano. Ya sabemos cuáles fueron las respuestas equivocadas tras la Primera Guerra Mundial (de hecho, el keynesianismo nació en gran medida de la crítica a las mismas) y a que dieron lugar.

Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial, y en el libro de Piketty se pone como ejemplo el caso de Francia, pero también de la naciente República Federal Alemana o del reconstituido Japón, para obtener a los ingresos que cubrieran el espectacular aumento del gasto se recurrió a sistemas de recaudación de una progresividad no vista hasta el momento, con impuestos sobre el patrimonio que llegaron a superar el 80 por ciento en los casos de las carteras más acaudaladas. Se les llamó en muchos casos «impuestos para la solidaridad nacional».

Hoy en día, más de uno vería en estas medidas algo así como una imposición de corte estalinista o bolivariano, fruto de propuestas de un populismo izquierdista vintage, pero lo cierto es que desde las primeras medidas del New Deal de Franklin D. Roosevelt (por suerte, Lindbergh nunca pudo liderar un populista xenófobo en su país) hasta estas medidas de recuperación en la mayor parte de Europa Occidental entre finales de los cuarenta y especialmente los años cincuenta, tuvieron unos resultados especialmente exitosos y perfectamente conocidos y analizados: no solo Estados Unidos se consolidó como primera potencia económica mundial, sino que en este país y en la recién nacida Comunidad Económica Europea se vivieron los años dorados del sistema capitalista (la llamada Golden Age), a la par que el desarrollo del sistema democrático que conocemos, fundamentado entre otros pilares por el ahora maltratado Estado del Bienestar.

Por una distribución equitativa de la factura

El mundo de la globalización no es obviamente el mismo que el de hace ochenta años. La tecnología juega hoy un papel ineludible en nuestras relaciones, China y otras potencias emergentes juegan un papel destacado en el tablero mundial, pero quizás como primer apunte haya que empezar a reflexionar no solo sobre el cómo sino también sobre el quien pagará la factura de la recuperación a la fuerte crisis que vendrá en nuestros países. Si vuelven a ser los ciudadanos más vulnerables (concepto cada vez más recurrente, desgraciadamente, en nuestro país), como sucedió con la crisis del 2008, especialmente a través de recortes en los servicios esenciales y precarización de condiciones laborales, entre otros, quizás estemos abocados a que la profecía pesimista de muchos se cumpla.

El malestar social creciente y el populismo rampante de los últimos años quizás se instalarán de manera aún más cómoda en nuestras sociedades y la semilla para encaminarse a una sociedad (más) autoritaria daría finalmente su fruto. O si tal vez somos capaces de distribuir más equitativamente la carga de la factura según nuestras capacidades (ya será el momento de hablar como) y en unos años somos capaces de reforzar aquellos servicios que son esenciales (como crudamente nos enseñará esta crisis), es decir la sanidad, pero también la educación (por la propia necesidad de investigación), entre otros. Quizás así podamos hacer frente a la verdadera conjura, la de aquellos que tras el desastre solo vean una oportunidad para enriquecerse más a costa de todos, preparando el camino para nuevas crisis.

Quizás también así podamos avanzar en la reformulación de nuestro sistema. No volvamos (como en el 2008) a las falsas promesas de que estaremos ante una oportunidad de que se den las condiciones de un «capitalismo de rostro humano». Empecemos por pensar como distribuimos el coste de la reconstrucción y la creación de unas nuevas condiciones económicas que nos den seguridad y bienestar, pero (también quizás) un reforzamiento de nuestras maltrechas (y ahora también acusadas de ineficaces) democracias. 

Sobre el autor

Doctor en Economía y director del grupo de investigación NOUTUR.

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